Queridos amigos, lectores y críticos,
En esta ocasión, entrada del mes de octubre, comienzo con la cita, de nuevo de Toqueville, sociólogo del S. XIX (sí, aún sigo con el mismo libro, pensaba que tendría más tiempo para leer por las noches -aunque a veces pienso que no quiero finiquitarlo-): "(l)os legisladores americanos juzgaron que era preciso que, además del pueblo, hubiera un cierto número de poderes que, sin ser completamente independientes de él, gozasen, dentro de su esfera, de un grado de libertad bastante amplio, de tal suerte que, obligados a someterse a la dirección permanente de la mayoría, pudieran sin embargo luchar contra sus caprichos y negarse a sus peligrosas exigencias [...]. Pero al introducir el principio de la reelección, destruyeron en parte su obra. Han concedido al presidente un gran poder, pero le han quitado el deseo de hacer uso de él. Si el presidente no fuera reelegible, no por eso sería independiente del pueblo, ya que seguiría siendo responsable ante él, pero el favor de los ciudadanos no le sería tan necesario como para plegarse en todo a sus deseos. Siendo reelegible (y esto es verdad, sobre todo en nuestros días, en que la moral política se relaja y los grandes caracteres desaparecen), el presidente de los Estados Unidos sólo es un instrumento dócil en manos de la mayoría. Ama lo que ésta ama, odia lo que ella odia, se anticipa a su voluntad, previene sus quejas, se doblega a sus menores deseos: los legisladores pretendieron que él la guiara, y él es quien la sigue. Así, para no privar al Estado del talento de un hombre, han hecho casi inútil este talento, y para poder contar con un recurso en circunstancias extraordinarias, han expuesto al país a un peligro constante".
Lo siento; aunque me gustaría, no puedo decir que las elecciones a la presidencia estadounidense estén resultando apasionantes. Son espectaculares, atractivas, emocionantes, pero sobre todo decepcionantes. Sin duda, es una maravilla la profesionalización de la puesta en escena, la elocuencia (tanto verbal como corporal) y, en general, todo el trabajo que hay antes de cada debate o intervención. Tienen, como digo, un alto contenido emotivo que hace que merezca la pena escuchar. Pese a que quiero y añoro mi patria, no puedo evitar emocionarme con ciertas manifestaciones: "(c)onciudadanos, no nos olvidemos que somos todos americanos y que estamos pasando un momento complicado. Saldremos todos juntos, el interés que perseguimos ambos candidatos es el de todos, el de nuestra patria, de eso no cabe duda; pero hoy estoy aquí para convenceros de los motivos por los que debéis votarme a mí". Hasta ahí. A continuación llega un debate con argumentos tan pobres -eso sí, mejor expuestos-, como los que estoy tan acostumbrado a oír en castellano: ataques personales y desautorización de las afirmaciones contrarias.
Desde luego, uno no espera, ni tampoco se creería, que un candidato acudiera con la fórmula mágica. Pero es deplorable, especialmente a estas alturas de la campaña, la parquedad y pobreza intelectual de las intervenciones. Tampoco es tan barata como parece una bicicleta de 57 dólares comprada en Walmart. Esta tarde un pedal ha decidido soltarse graciosamente. Curiosamente es de difícil arreglo. Pero hemos aprendido a pedalear con un pedal, valga la redundancia. Paradójicamente, se cansa más la pierna que no pedalea. Pero no por eso pienso que vaya a ganar Romney.
La democracia es sinónimo de evaluación y escrutinio de la mayoría sobre todas aquellas instituciones cuyo sostenimiento está basado en la legitimidad política. En el caso estadounidense, que no coincide con el español, el pueblo elige al presidente del gobierno. Además se trata de una democracia global, no sólo parlamentarios, sino también jueces y fiscales son elegidos democráticamente. Se trata de que los poderes, todos, no sólo el legislativo, coincida con la voluntad del pueblo en cada momento. Los orígenes del sistema luchaban tanto contra las clases como contra la burocracia. La razón de ser de ello es el temor de Jefferson, primer demócrata tras Washington y Johnson, de que los jueces conservadores con cargo vitalicio, fueran a hacer inútil la voluntad ciudadana actual. No son pocos los inconvenientes del sistema, puesto que a la legitimidad política, el sometimiento a la voluntad de la mayoría de todos los poderes (legislativo, ejecutivo y judicial), se une, de forma transparente eso sí, la financiación, que otorga el poder de facto a los grupos de interés, a mi modo de ver pervirtiendo el sistema.
Por poner un ejemplo, los jueces españoles ostentan un cargo vitalicio, lo que es consecuente con la preservación de su independencia frente a la injerencia del resto de poderes. Sin embargo, y nada tiene que ver con esto el que sus sentencia puedan ser revocadas, nadie evalúa la labor de los jueces. Podrán tener mayor o menor legitimidad social (el reconocimiento social a su labor), pero no ostentan legitimidad democrática. ¿Es esto coherente con la idea de un sistema democrático? Mi opinión, basada en la experiencia española, que difiera de otras sociedades, como la japonesa y la estadounidense, es que sí. Los jueces, por mucho que apliquen la ley de forma absolutamente independiente, están vinculados por ella. Hasta el punto que el delito de prevaricación judicial, lamentablemente de moda en nuestros días por el caso Garzón, sanciona decisiones que, con conocimiento de causa, son manifiestamente contrarias a la ley, (sic) injustas. Cuestión distinta es que en general no se pueda revocar la opinión del Tribunal Constitucional, alguien tenía que tener la última palabra. Someter a votación popular la labor de los jueces en cuanto al contenido de las sentencias puede socavar su independencia. Otra cosa es que pudieran ser incentivados, estableciendo que parte de su remuneración (sea la que sea, ahí no entro), esté vinculada con la eficiencia; es decir, el número de sentencias, no su contenido. Además, -y sí, con eso llego por fin a las elecciones políticas- ¿están capacitados los ciudadanos (yo el primero) para decidir qué jueces son los más apropiados para llevar a cabo su labor? Quiero recordar que derecho no es sinónimo de justicia, el juez está vinculado por la ley en nuestro sistema. Si la ley es injusta, lo que hay que hacer es cambiar la ley, no destituir al juez, que está vinculado por la ley, sea la que sea, le guste o no.
Por tanto, podría llegarse a la conclusión de que los jueces carecen de legitimidad política por dos razones. La primera y fundamental, la preservación de su independencia. La segunda, y ésta es la que me preocupa, los ciudadanos carecen de la formación legal necesaria (no en vano la promoción judicial es orgánica) para determinar qué jueces son los adecuados en cada momento.
Dicho de otro modo, sin educación no puede haber legitimidad política. Evidentemente, este argumento no es mío ni mucho menos es novedoso. Se trata de la gran lucha de la izquierda del S. XIX frente al argumento, que justificaba el sufragio censitario, de que había que sobreponderar "el gobierno de los mejores por encima del gobierno de la mayoría" (Cánovas del Castillo). Mi opinión, sobre la base de la sociedad actual, y que por supuesto someto encantado a vuestra mejor consideración, es que este hecho, junto con la profesionalización de la política tan bien descrita por Toqueville (el objetivo son los votos futuros), es que caminamos hacia la dictadura de la demagogia. La falta de formación ciudadana y la sociedad de la información en la que vivimos son un caldo de cultivo adecuado para su desarrollo. Los debates políticos no están dirigidos a los fieles ni mucho menos a los intelectuales. Se dirigen a la parte de la población que inclina la balanza en unas elecciones. Al igual que Apple con el Ipad, los políticos crean necesidades que, muy probablemente, los ciudadanos no sabían que necesitaban. En otras palabras, en lugar de atender necesidades actuales, pero muy costosas políticamente, se acude a opciones menos urgentes, que sin embargo gozan de mayor rentabilidad política.
Hay un ejemplo muy claro en el momento actual que me irrita tanto que prefiero no mencionar. Mejor dicho, lo voy a hacer, pero, como siempre, desde el punto de vista estrictamente técnico, puesto que en este blog, como casi siempre, me niego a hacer manifestaciones políticas. Me sorprende que éste sea el contexto idóneo para reabrir el debate de la independencia de algunas comunidades autónomas. La cuestión de la solidaridad fiscal se puede apreciar más en tiempos de bonanza que de crisis. Y no tengo muy claro que el modelo de estos eventuales futuros estados no replicara el modelo español, estableciendo la solidaridad entre las distintas provincias actuales (futuras comunidades autónomas). Paradojas de la vida. En fin, desde un punto de vista legal, es interesante reseñar que ninguna comunidad autónoma reúne los requisitos establecidos por el principio de autodeterminación. A nivel estatal, pero uno ya no sabe qué esperar a cambio de votos, el referendum carece de efecto legal para el propósito perseguido. Una lectura, que lo explica mucho mejor que yo, y que sin duda recomiendo, es la siguiente: http://www.lavanguardia.com/opinion/articulos/20120920/54350587199/francesc-de-carreras-un-referendum.html
Las reflexiones anteriores se las debo en gran medida a quince personas con las que tengo el honor de lavarme el cerebro cada martes por la tarde, trece alumnos y dos profesores. Uno de ellos nos obligó a matricularnos en una asignatura que me ha hecho comprender por qué estoy ahora mismo en Stanford. Poco o nada tiene que ver con el contenido de mi tesis doctoral. Pero me ha hecho comprender la razón de hacer un máster en leyes en EE.UU. La asignatura se llama: "Law in many societies".
Os echo mucho a faltar. Un abrazo,
Carlos