EL CÓDIGO DE HONOR Y EL BANCO MALO
Buenas noticias: ya sé cambiar el idioma del teclado. Y sí, efectivamente, hubo un compañero que muy amablemente me lo explicó. En la entrada de hoy añado un nuevo "capítulo": las noticias que llegan desde España.
Tras casi dos semanas comienzo a normalizarme y tomar el pulso a mi entorno. Ya tengo aprendido el camino a Walmart (una bicicleta por 57$) y a Trader Joe´s (comida supuestamente sana a precio razonable). Y sí, finalmente me he rendido y he empezado a utilizar la cocina, para lo que el otro día unos cuantos perseguíamos discretamente por Walmart a una italiana para ver qué productos de limpieza de cocina y baño compraba. Creo que todos sabéis que no soy la típica persona que vuelve pro-USA; ni muchísimo menos, pero hay cosas que merecen ser resaltadas. Mientras que mi estimada entidad financiera en España le está costando casi dos semanas para que me llegue una transferencia (eso sí, la comisión -desproporcionada- cobrada desde el día uno), cada día que voy al banco local me ofrecen café y snacks. En el supermercado, las cajeras ponen todos en las bolsas, por las que no te cobran, por cierto. Y los undergraduates y chavales de primer año de universidad te ofrecen el coche para ir a Walmart. Digno de admiración.
Mi día a día es el siguiente: correr por las mañanas por el campus, clases hasta las 6 de la tarde y una ingente cantidad de lecturas y assignments para el día siguiente. Los fines de semana estamos aprovechando para hacer barbacoas y deporte. El nivel no es muy alto, basta con señalar que yo soy la estrella del volley playa (efectivamente, tampoco somos muy altos).
Me siento un privilegiado por poder estar en un ambiente realmente internacional y, sobre todo, intercultural. Es muy enriquecedor estar en una clase así. Muy interesante, para bien y para mal, es poder intercambiar opiniones sobre derechos humanos con abogados del gobierno chino que, lamentablemente, han tenido que notificar ejecuciones de penas máximas. También lo es poder comparar el punto de vista de un taiwanés con el de un chino que, pese a sus diferencias políticas (que sienten realmente como propias), debaten cordialmente a la salida de clase sobre su lengua común (el mandarín). Cada día al llegar a casa paso unos minutos leyendo sobre la historia política de alguna región del mundo.
Acepto muy gustosamente la invitación a comentar más aspectos de cómo es el día a día en la universidad estadounidense. (No obstante, por favor, que nadie piense que, como todo profesional de la política, estoy postergando el contenido del blog al número de visitas futuras). Parto para ello de dos aspectos que comenté en la primera entrada y que considero de cabal importancia: el método impartido en clase y la formación previa a la abogacía.
En cuanto al primero de ellos, que aquí se conoce como "Socratic Method", consiste en algo mucho más importante que leer la materia que se expondrá al día siguiente en clase. Precisamente, lo más interesante es que en clase no se explica lo que se ha leído, salvo que alguien quiera plantear alguna duda concreta. Por el contrario, en clase se va más allá; el debate, conducido pero no protagonizado por el profesor, y que habitualmente consiste en casos prácticos, pretende ser el cauce de expresión de los distintos puntos de vista del alumnado. Si se pudiera asimilar a mi experiencia patria, yo diría que permite situar al alumno en aquellas dudas que le surgen justo antes del examen cuando ya se ha estudiado la materia y "va más allá". Conscientes de que este método no es común en muchos lugares, en la primera clase pusieron el siguiente vídeo, que quisiera compartir por lo ilustrativo que es (salvo en la tensión de la clase -la introductoria de un curso de contratos-): http://www.youtube.com/watch?v=cZJEhlIefxA . Lo más gracioso fue cuando preguntaron si en nuestro país de origen seguíamos este método y, lo más interesante, por qué creíamos que no se hacía y si considerábamos que podría funcionar. Supongo que mi orgullo patrio me hizo abstenerme, pero lo cierto es que a día de hoy me costaría mucho creer que pudiera llegar a funcionar. (Recuerdo a toda la clase copiando unos ejercicios de alguien de un año anterior. Era tan inútil que no se discutía y ni siquiera se corregían; sólo servía para tener un punto más en el examen). No creo que sea culpa únicamente del alumnado, sino de todos, pues, tal y como dije el otro día, parece que es más una cuestión de lo que significa poder ir a la universidad y lo que se espera del que tiene la suerte de pasar por ella. En la segunda clase ya estábamos defendiendo oralmente una de las múltiples soluciones que podían obtenerse del caso delante de todos los demás. Y lo mejor de todo es que había patadas por salir a hablar en público.
Los más sabios dicen, y creo que no les falta razón, que los mejores abogados son los que evitan cualquier recurso a tecnicismos; los que con "plain" language explican el caso a su cliente. Quiero decir con ello que, en ocasiones, parece que se precisa de un abogado para acceder a un lenguaje absolutamente desconocido para el resto de los mortales. Al menos ésa es mi impresión. Sin embargo, a un médico se le ve como a alguien que presta un servicio. No cabe duda, y aunque sea evidente me tiro más piedras sobre mi propio tejado, que la labor de un médico es más importante en términos absolutos que la de un abogado. Pero salvando esa distancia, estoy convencido que uno sale mucho más convencido de la consulta que del despacho de un abogado. Pues bien, el hecho de tener un background previo y mucho más amplio que el derecho es lo que creo que lleva a los abogados estadounidenses a expresarse de forma mucho más clara y, además, atacar los problemas con una visión multidisciplinar. Es decir, el abogado de empresa sabe realmente cómo funciona una empresa y qué problemas afronta diariamente, a cuyo efecto buscará la solución legal idónea. Del mismo modo, el profesor no explica derecho, sino que explica el sentido social o económico de una norma.
Tras este rollo introductorio, si alguien sigue todavía en la página, me gustaría hacer referencia al Stanford University Honor Code. Mi primera impresión al oír hablar del mismo fue bastante escéptica (ya están los americanos y sus peliculitas con códigos de honor, banderitas y fotos del presidente en su mesita de noche). Hasta que me explicaron el porqué del mismo. No es sólo un tema ético ni, tampoco, un texto producido por la primera generación de abogados y cuidadosamente custodiado. Resulta que con dichas normas los profesores se abstienen de controlar en los exámenes (hasta el punto que pueden hacerse en casa), bajo la promesa de los alumnos de "hacer honor" al código. Y también se permite el uso de ordenadores conectados a internet en clase, pues se da por hecho que nadie está en facebook. Además de lo estúpido de pagar una ingente cantidad de dinero para chatear, la razón económica de todo ello es el coste de oportunidad, la maximización del tiempo de aquél que ya no tiene que controlar a unos alumnos que, de este modo, se sienten mucho más valorados. Es el valor social de la confianza bajo el código de honor en este caso. Un valor, claro, que se destruye cuando alguien lo vulnera, de ahí que cuando sale a la luz una historia de fraude los medios le den tanta importancia, pues influye tanto en las oportunidades laborales de la generación en cuestión como en la valoración del prestigio de la universidad en los rankings. En el resto del mundo los alumnos somos oportunistas y los profesores nos controlan: si alguien puede copiar, ¿por qué no va a sacar más nota? Sería tonto pensar lo contrario. ¿O no?
Desde esta visión relativa que otorga la distancia, llegan noticias sobre España: la imagen de vagos es similar a la de los griegos, lamentablemente para todos los implicados. También se leen titulares como: "el año con más alumnos y menos profesores; ¿cómo va a mejorar el sistema educativo español?" Y llegamos al "Spanish Bad Bank". He podido leer muchas voces patrias que critican duramente (y no les falta razón en parte) el hecho de que se recate a quienes han contribuido a la crisis, incentivando así a continuar con las malas prácticas y teniendo que pagar los de siempre por lo de todos. Jamás me atrevería a criticar a quien sufriendo los recortes sociales sostiene esta conclusión. Pero técnicamente creo que no es quizás la más acertada. Desde luego que tienen que pagar los que han contribuido a la crisis del sector financiero español. Pero estos no son los bancos (personas jurídicas independientes de sus gestores), sino las personas que individualmente lo han hecho. Y creo que faltan muchísimos medios para ello, tanto en el sector privado como en el público (pese a que no soy un experto en éste último, no sé por qué, además del delito de malversación, no se regulan mecanismos de responsabilidad similares a los de las empresas y, en general, a la responsabilidad por daños). Sin bancos no hay crédito. Sólo por eso hay que ayudarles. Y, por favor, que nadie piense que estoy diciendo que el "fin justifica los medios", pues las peores catástrofes de nuestra civilización se basaron en el mismo. Hablo del efecto multiplicador del crédito en la economía. Sin inversion pública pero con recortes (menor PIB por el lado del gasto), y con subida de impuestos (menor PIB por el lado del consumo de las economías domésticas), la economía no puede reaccionar sin crédito. Se necesita crédito para acometer las inversiones a las que incentivan los bajos tipos de interés (el dinero no vale mucho más mañana de lo que vale hoy, pues mejor consumir e invertir hoy antes que meter el dinero en un depósito por el que no te dan prácticamente ni las gracias). Así que bienvenido sea el banco malo. Pero que se aseguren que el crédito llegue a la economía real. Y que sea de una vez, pues siendo partícipes de la misma crisis (desatada en 2007 con las hipotecas subprime), en EE.UU. y Reino Unido habían reaccionado no más tarde de 2008 (cuando dejaron caer a Lehman Brothers -otro día hablaré de la Ley Dodd-Frank como contraposición al famoso principio "Too Big Too Fail"-). Ya hemos pasado el ecuador del 2012 y nosotros aún seguimos evaluando el coste político de nuestras decisiones. A Obama no le ha ido tan mal como temieron unos y ahora temen otros que les pueda ir.
Acabo con una cita que me ha dado mucho que pensar, con la ilusión de que fomente el mismo debate que en la primera entrada: "yo no conozco más que dos medios para hacer reinar la igualdad en el mundo político -léase en un Estado social y democrático de Derecho, como es el nuestro-: dar derechos iguales a todos los ciudadanos o no dárselos a ninguno". Es decir, alguien tiene o no tiene derechos, pero no una sola parte de los mismos. Es la razón jurídica de, por ejemplo, en el caso de los homosexuales, haberles reconocido todo tipo de derechos, sin limitación alguna.
Un abrazo,
Carlos
Los más sabios dicen, y creo que no les falta razón, que los mejores abogados son los que evitan cualquier recurso a tecnicismos; los que con "plain" language explican el caso a su cliente. Quiero decir con ello que, en ocasiones, parece que se precisa de un abogado para acceder a un lenguaje absolutamente desconocido para el resto de los mortales. Al menos ésa es mi impresión. Sin embargo, a un médico se le ve como a alguien que presta un servicio. No cabe duda, y aunque sea evidente me tiro más piedras sobre mi propio tejado, que la labor de un médico es más importante en términos absolutos que la de un abogado. Pero salvando esa distancia, estoy convencido que uno sale mucho más convencido de la consulta que del despacho de un abogado. Pues bien, el hecho de tener un background previo y mucho más amplio que el derecho es lo que creo que lleva a los abogados estadounidenses a expresarse de forma mucho más clara y, además, atacar los problemas con una visión multidisciplinar. Es decir, el abogado de empresa sabe realmente cómo funciona una empresa y qué problemas afronta diariamente, a cuyo efecto buscará la solución legal idónea. Del mismo modo, el profesor no explica derecho, sino que explica el sentido social o económico de una norma.
Tras este rollo introductorio, si alguien sigue todavía en la página, me gustaría hacer referencia al Stanford University Honor Code. Mi primera impresión al oír hablar del mismo fue bastante escéptica (ya están los americanos y sus peliculitas con códigos de honor, banderitas y fotos del presidente en su mesita de noche). Hasta que me explicaron el porqué del mismo. No es sólo un tema ético ni, tampoco, un texto producido por la primera generación de abogados y cuidadosamente custodiado. Resulta que con dichas normas los profesores se abstienen de controlar en los exámenes (hasta el punto que pueden hacerse en casa), bajo la promesa de los alumnos de "hacer honor" al código. Y también se permite el uso de ordenadores conectados a internet en clase, pues se da por hecho que nadie está en facebook. Además de lo estúpido de pagar una ingente cantidad de dinero para chatear, la razón económica de todo ello es el coste de oportunidad, la maximización del tiempo de aquél que ya no tiene que controlar a unos alumnos que, de este modo, se sienten mucho más valorados. Es el valor social de la confianza bajo el código de honor en este caso. Un valor, claro, que se destruye cuando alguien lo vulnera, de ahí que cuando sale a la luz una historia de fraude los medios le den tanta importancia, pues influye tanto en las oportunidades laborales de la generación en cuestión como en la valoración del prestigio de la universidad en los rankings. En el resto del mundo los alumnos somos oportunistas y los profesores nos controlan: si alguien puede copiar, ¿por qué no va a sacar más nota? Sería tonto pensar lo contrario. ¿O no?
Desde esta visión relativa que otorga la distancia, llegan noticias sobre España: la imagen de vagos es similar a la de los griegos, lamentablemente para todos los implicados. También se leen titulares como: "el año con más alumnos y menos profesores; ¿cómo va a mejorar el sistema educativo español?" Y llegamos al "Spanish Bad Bank". He podido leer muchas voces patrias que critican duramente (y no les falta razón en parte) el hecho de que se recate a quienes han contribuido a la crisis, incentivando así a continuar con las malas prácticas y teniendo que pagar los de siempre por lo de todos. Jamás me atrevería a criticar a quien sufriendo los recortes sociales sostiene esta conclusión. Pero técnicamente creo que no es quizás la más acertada. Desde luego que tienen que pagar los que han contribuido a la crisis del sector financiero español. Pero estos no son los bancos (personas jurídicas independientes de sus gestores), sino las personas que individualmente lo han hecho. Y creo que faltan muchísimos medios para ello, tanto en el sector privado como en el público (pese a que no soy un experto en éste último, no sé por qué, además del delito de malversación, no se regulan mecanismos de responsabilidad similares a los de las empresas y, en general, a la responsabilidad por daños). Sin bancos no hay crédito. Sólo por eso hay que ayudarles. Y, por favor, que nadie piense que estoy diciendo que el "fin justifica los medios", pues las peores catástrofes de nuestra civilización se basaron en el mismo. Hablo del efecto multiplicador del crédito en la economía. Sin inversion pública pero con recortes (menor PIB por el lado del gasto), y con subida de impuestos (menor PIB por el lado del consumo de las economías domésticas), la economía no puede reaccionar sin crédito. Se necesita crédito para acometer las inversiones a las que incentivan los bajos tipos de interés (el dinero no vale mucho más mañana de lo que vale hoy, pues mejor consumir e invertir hoy antes que meter el dinero en un depósito por el que no te dan prácticamente ni las gracias). Así que bienvenido sea el banco malo. Pero que se aseguren que el crédito llegue a la economía real. Y que sea de una vez, pues siendo partícipes de la misma crisis (desatada en 2007 con las hipotecas subprime), en EE.UU. y Reino Unido habían reaccionado no más tarde de 2008 (cuando dejaron caer a Lehman Brothers -otro día hablaré de la Ley Dodd-Frank como contraposición al famoso principio "Too Big Too Fail"-). Ya hemos pasado el ecuador del 2012 y nosotros aún seguimos evaluando el coste político de nuestras decisiones. A Obama no le ha ido tan mal como temieron unos y ahora temen otros que les pueda ir.
Acabo con una cita que me ha dado mucho que pensar, con la ilusión de que fomente el mismo debate que en la primera entrada: "yo no conozco más que dos medios para hacer reinar la igualdad en el mundo político -léase en un Estado social y democrático de Derecho, como es el nuestro-: dar derechos iguales a todos los ciudadanos o no dárselos a ninguno". Es decir, alguien tiene o no tiene derechos, pero no una sola parte de los mismos. Es la razón jurídica de, por ejemplo, en el caso de los homosexuales, haberles reconocido todo tipo de derechos, sin limitación alguna.
Un abrazo,
Carlos