Queridos amigos, críticos y lectores:
Únicamente un cínico podría decir que EE.UU. está dispuesto a volver ignorar
al Consejo de Seguridad de la ONU para invadir Siria. En todo caso, lo hará
para circunvalar el veto de Rusia, principal exportador de armas a Siria, donde
tiene situada su única base militar estratégica en el Mediterráneo. El apoyo de
China tiene un carácter más romántico, de tradicional alianza política, por lo
que antes o después caerá, al igual que pasó con Corea del Norte. Quizás un
iluso podría considerar que la violación del convenio internacional contra el
uso de armas químicas constituye algo más que la justificación jurídica. Puede
que ni eso, pues el tratado de la OTAN, vía tradicional para ignorar a la ONU,
parece suficiente. A estas alturas el desastre humanitario ya es inevitable. Lo
que muchos nos preguntamos es qué gana esta vez EE.UU. (También se podría
discutir sobre qué o quién otorga a EE.UU. el papel de árbitro mundial… En
fin). En Washington, tanto demócratas como republicanos, temen una nueva
inversión a fondo perdido. Muy a pesar de Bush –y de los contribuyentes
estadounidenses–, los contratos de Iraq se los adjudicó China. Pues bien,
parece ser que Obama se va a ver obligado a intervenir para no perder
credibilidad en la mesa de negociación frente a Irán y Corea del Norte. Aun a
riesgo de que el apoyo a los musulmanes radicales enfade a Israel y provoque
aún más incertidumbre en Egipto. Con todo, el criminal que usara las armas químicas,
y todo apunta a los interesados en la intervención (es decir, no el régimen),
ha desencadenado el penúltimo desastre en Oriente Próximo.
Confesaba Clint Eastwood en Gran Torino que había besado a una
compañera de trabajo y que no había llegado a conocer a sus hijos. Asimismo
reconocía atormentado la trágica experiencia vivida en Vietnam. El último
pecado es el interesante a los efectos de esta entrada. Walt Kowalski reconoce
no haber liquidado el impuesto correspondiente a la ganancia patrimonial obtenida
en la venta de una lancha a motor que hubo vendido por $900. El Sr. Kowalski
dice que no pagar impuestos equivale a robar. ¿Cuántos españoles consideramos
que no pagar impuestos por la venta de nuestra moto equivale a robar? A mí me
parece que muchos pagamos impuestos por inercia. Quizás más impulsados por los
recargos, intereses de demora y sanciones que por nuestro convencimiento
ciudadano. No es que no conozcamos y asintamos ante la función social de la
financiación pública y la redistribución de la riqueza a través de los
impuestos. Es un mal colectivo sustentado por los casos de corrupción de los
que nos escandalizamos y por los ahorros fiscales de los conocidos a quienes
envidiamos. A veces me pregunto por qué habríamos de esperar que la clase política
no se comportara de la misma manera que muchas de las personas que les votamos.
Y no entro en cuestiones de moral. No me gusta juzgar ni dar lecciones. Lo que
quiero decir es que, a distintos niveles, es el mismo problema. No me cabe duda
de que el poder corrompe. Pero el pecado, me temo, es original. “Esta vez me
toca a mí”. “Son dos años de justicia material”. “¿Acaso no harías tú lo mismo
si tuvieras la misma oportunidad?”. Reprocho estos argumentos por todos
conocidos. “Carlos, ¿cómo quieres que alguien cree empleo si no puedo mantener
la empresa a menos que lleve una contabilidad B?”. “Tú sabes todo lo que cuesta
crear y mantener una empresa”. “¿Sabes los tijeretazos de liquidez que me mete
el IVA repercutido?”. No digo que no. Pero esa no es la cuestión. No es de
extrañar que un muy buen amigo alemán –no muy del parecer de su Canciller–,
nada más conocerme hiciera referencia a la picaresca española. Hasta que
entendamos que no pagar impuestos es robar, seremos pícaros. Y por supuesto lo
serán los que nos representen. La conciencia ciudadana es un bien colectivo.
Por ello, me encantaría decir que el peor problema de España es
nuestra clase política. Desearía hacerlo, pero creo que me engañaría. Si así
fuera, si nuestro tumor fueran los políticos, no veríamos a tantos jóvenes en
los mítines. Tampoco votaríamos probablemente con la misma devoción del
aficionado del Barça que no se cambiaba de camiseta cuando teníamos a Meho
Kodro y a Jordi Cruiff en la delantera. Y quizás, ni tan siquiera toleraríamos
y retwitteraríamos al Sr. Pedro J. Ramírez sin miedo a hartarnos. Lamentable
que los titulares de los últimos meses, la imagen que damos como país frente al
exterior, esté protagonizada por el penúltimo caso de corrupción política. Sin
duda es relevante, y mucho. Pero también lo es resaltar el buen hacer de todos
los que tratamos de salir de esta crisis con honestidad y esfuerzo.
Tampoco acepto mi tendencia a creer que el partido político que ganó
las últimas elecciones me ha decepcionado. Lo que no esperaba es que llegara a
echar en falta la toma de decisiones de su homólogo anterior cuando ya había
perdido su crédito político y, por tanto, poco o nada le quedaba por perder. Casi
se me olvida que tienen mayoría absoluta. La falta de carisma y su carácter pusilánime
son descorazonadores. Casi tanto como reseñable es su mala suerte (primero el
11-M con unas elecciones ganadas –el motivo de su elección– y ahora la
inesperada –pero merecida– crisis de credibilidad). Frente a ello, cabe
recordar que un tal Napoleón exigía a los candidatos a generales que acreditaran
su buena suerte.
“Los lugares más oscuros del infierno están reservados para aquellos
que mantienen su neutralidad en época de crisis moral”. Dante Alighieri.
Un abrazo
PS: Os animo a que seáis más críticos que nunca con esta entrada. En
especial a aquellos que me han hecho llegar en ocasiones anteriores mensajes
privados con buen ojo crítico y acertados puntos de vista. No dejemos que se
queden en el tintero.