jueves, 29 de agosto de 2013

Obama, Clint Eastwood y Dante Alighieri.

Queridos amigos, críticos y lectores:

Únicamente un cínico podría decir que EE.UU. está dispuesto a volver ignorar al Consejo de Seguridad de la ONU para invadir Siria. En todo caso, lo hará para circunvalar el veto de Rusia, principal exportador de armas a Siria, donde tiene situada su única base militar estratégica en el Mediterráneo. El apoyo de China tiene un carácter más romántico, de tradicional alianza política, por lo que antes o después caerá, al igual que pasó con Corea del Norte. Quizás un iluso podría considerar que la violación del convenio internacional contra el uso de armas químicas constituye algo más que la justificación jurídica. Puede que ni eso, pues el tratado de la OTAN, vía tradicional para ignorar a la ONU, parece suficiente. A estas alturas el desastre humanitario ya es inevitable. Lo que muchos nos preguntamos es qué gana esta vez EE.UU. (También se podría discutir sobre qué o quién otorga a EE.UU. el papel de árbitro mundial… En fin). En Washington, tanto demócratas como republicanos, temen una nueva inversión a fondo perdido. Muy a pesar de Bush –y de los contribuyentes estadounidenses–, los contratos de Iraq se los adjudicó China. Pues bien, parece ser que Obama se va a ver obligado a intervenir para no perder credibilidad en la mesa de negociación frente a Irán y Corea del Norte. Aun a riesgo de que el apoyo a los musulmanes radicales enfade a Israel y provoque aún más incertidumbre en Egipto. Con todo, el criminal que usara las armas químicas, y todo apunta a los interesados en la intervención (es decir, no el régimen), ha desencadenado el penúltimo desastre en Oriente Próximo.

Confesaba Clint Eastwood en Gran Torino que había besado a una compañera de trabajo y que no había llegado a conocer a sus hijos. Asimismo reconocía atormentado la trágica experiencia vivida en Vietnam. El último pecado es el interesante a los efectos de esta entrada. Walt Kowalski reconoce no haber liquidado el impuesto correspondiente a la ganancia patrimonial obtenida en la venta de una lancha a motor que hubo vendido por $900. El Sr. Kowalski dice que no pagar impuestos equivale a robar. ¿Cuántos españoles consideramos que no pagar impuestos por la venta de nuestra moto equivale a robar? A mí me parece que muchos pagamos impuestos por inercia. Quizás más impulsados por los recargos, intereses de demora y sanciones que por nuestro convencimiento ciudadano. No es que no conozcamos y asintamos ante la función social de la financiación pública y la redistribución de la riqueza a través de los impuestos. Es un mal colectivo sustentado por los casos de corrupción de los que nos escandalizamos y por los ahorros fiscales de los conocidos a quienes envidiamos. A veces me pregunto por qué habríamos de esperar que la clase política no se comportara de la misma manera que muchas de las personas que les votamos. Y no entro en cuestiones de moral. No me gusta juzgar ni dar lecciones. Lo que quiero decir es que, a distintos niveles, es el mismo problema. No me cabe duda de que el poder corrompe. Pero el pecado, me temo, es original. “Esta vez me toca a mí”. “Son dos años de justicia material”. “¿Acaso no harías tú lo mismo si tuvieras la misma oportunidad?”. Reprocho estos argumentos por todos conocidos. “Carlos, ¿cómo quieres que alguien cree empleo si no puedo mantener la empresa a menos que lleve una contabilidad B?”. “Tú sabes todo lo que cuesta crear y mantener una empresa”. “¿Sabes los tijeretazos de liquidez que me mete el IVA repercutido?”. No digo que no. Pero esa no es la cuestión. No es de extrañar que un muy buen amigo alemán –no muy del parecer de su Canciller–, nada más conocerme hiciera referencia a la picaresca española. Hasta que entendamos que no pagar impuestos es robar, seremos pícaros. Y por supuesto lo serán los que nos representen. La conciencia ciudadana es un bien colectivo.

Por ello, me encantaría decir que el peor problema de España es nuestra clase política. Desearía hacerlo, pero creo que me engañaría. Si así fuera, si nuestro tumor fueran los políticos, no veríamos a tantos jóvenes en los mítines. Tampoco votaríamos probablemente con la misma devoción del aficionado del Barça que no se cambiaba de camiseta cuando teníamos a Meho Kodro y a Jordi Cruiff en la delantera. Y quizás, ni tan siquiera toleraríamos y retwitteraríamos al Sr. Pedro J. Ramírez sin miedo a hartarnos. Lamentable que los titulares de los últimos meses, la imagen que damos como país frente al exterior, esté protagonizada por el penúltimo caso de corrupción política. Sin duda es relevante, y mucho. Pero también lo es resaltar el buen hacer de todos los que tratamos de salir de esta crisis con honestidad y esfuerzo.

Tampoco acepto mi tendencia a creer que el partido político que ganó las últimas elecciones me ha decepcionado. Lo que no esperaba es que llegara a echar en falta la toma de decisiones de su homólogo anterior cuando ya había perdido su crédito político y, por tanto, poco o nada le quedaba por perder. Casi se me olvida que tienen mayoría absoluta. La falta de carisma y su carácter pusilánime son descorazonadores. Casi tanto como reseñable es su mala suerte (primero el 11-M con unas elecciones ganadas –el motivo de su elección– y ahora la inesperada –pero merecida– crisis de credibilidad). Frente a ello, cabe recordar que un tal Napoleón exigía a los candidatos a generales que acreditaran su buena suerte.

“Los lugares más oscuros del infierno están reservados para aquellos que mantienen su neutralidad en época de crisis moral”. Dante Alighieri.

Un abrazo


PS: Os animo a que seáis más críticos que nunca con esta entrada. En especial a aquellos que me han hecho llegar en ocasiones anteriores mensajes privados con buen ojo crítico y acertados puntos de vista. No dejemos que se queden en el tintero.